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martes, 1 de junio de 2021

Sin miedo a la muerte

 

Vivir nuestra vida con plenitud y generosidad, comprendiendo y ayudando a los demás, puede ser el mejor antídoto contra el temor a la muerte. Actuando de este modo ganamos autoestima y, quizá, la satisfacción íntima de que permaneceremos en la memoria de las personas que nos han amado.


Todos hemos vivido o viviremos la experiencia de la muerte de los demás, y nos conmociona especialmente la de nuestros familiares y amigos. Todos los muertos a los que hemos amado no han desaparecido, porque siguen presentes en nuestros pensamientos, en nuestras acciones, en una fotografía.

Los médicos y las enfermeras tuenen una relación estrecha con la muerte; tal es el caso de Gilbert Lagrue (1922-2016), Profesor universitario y medico hospitalario. Según sus propias palabras: "Cuando fui médico residente, en cada servicio la muerte era algo cotidiano, y sus causas, innombrables y desconocidas... hasta la autopsia del día siguiente. El contacto con la muerte me resultó particularmente penoso en los años que pasé en la sección de pediatría. Guardo un recuerdo doloroso de las leucemias agudas, mortales en pocas semanas. ¿Había que anunciar el diagnóstico ineludible o dejarles unas semanas de esperanza? Al no poder soportar tales sufrimientos, abandoné la pediatría".

El temor a la muerte es innato en el hombre. Desde que comprendió que los demás son otro yo y que todos pueden desaparecer, se despertó inmediatamente su angustia ante este fenómeno brutal e incomprensible contra el que está totalmente desprotegido.

Muchos de nosotros tememos a la muerte, algunos no hablan de ello pero padecen una angustia latente; otros procuran vencer su temor evocándola sin cesar, preparándola, codificando su funeral, eligiendo la música y los ornamentos. Algunos pueden inclinarse hacia la fe para asegurar su eternidad. Creyentes o no, muchos están ansiosos y temen a la enfermedad, es decir, el camino hacia la muerte. Griegos y romanos decían: "El sabio no teme a la muerte", algo fácil de decir, pero difícil de realizar; ¡quién tuviera la receta! En cualquier caso, podemos evocar la sabiduría de Montaigne: "Quien teme sufrir sufre ya de lo que teme". ¿Y qué es lo que más tememos? Ante todo, perder lo que la vida nos da, todo cuanto vemos a nuestro alrededor, nuestros allegados, la sociedad, que, evidentemente, seguirá su evolución sin nosotros. Es un sentimiento de frustración por no estar presentes en ese espectáculo en el que somos a la vez actores y espectadores. Podemos padecer desgracias, la pérdida de seres queridos, dificultades materiales o sociales, pero nuestra reacción ante la desgracia depende en gran medida de nuestras posibilidades psicológicas para analizar adecuadamente esas dificultades, conocerlas y poder aceptarlas.



La mejor estrategia que se debe elegir para no sentir la angustia de la muerte es aumentar la autoestima, el aprecio por nuestra vida y todo lo que comporta, como si su completa apreciación fuera un mecanismo que permite llegar a aceptar también la muerte. En su libro Cuento de Navidad, Charles Dickens describe cómo el viejo usurero Scrooge ve en su sueño su propia tumba en el cementerio. Se repliega entonces sobre sí mismo, comprende que está arruinando su vida y cambia de comportamiento; se interesa por los demás, se convierte en una persona altruista y generosa. ¡La vida le hace feliz! Si debido a un accidente grave comprendemos que hemos estado a punto de morir, modificamos la importancia concedida a ciertos acontecimientos. Todos estamos condenados, hay que ir siempre a lo esencial, vivir plenamente el instante presente, no malgastarlo reaccionando con excesiva vehemencia a las "espinas de la vida". Deberíamos pensar que lo más importante en la vida es no conceder importancia a las cosas que no la tienen, o que, en todo caso, no revestirán gravedad unos meses o unos años más tarde. Es fácil de decir y difícil de hacer, sobre todo al principio, pero tomar distancia es necesario para hacer lo que creemos justo y útil. Y actuar así nos aportará una mayor satisfacción íntima. Esta actitud mental debe adoptarse en todos los instantes de la vida.

La neurosis de la muerte no se cura con ficciones o ilusiones inútiles, sino con un trabajo filosófico y psicológico personal, bien definido, sobre uno mismo y sus pensamientos: es el aprendizaje de la serenidad. Gracias a este tipo de introspección racional es posible adquirir la distancia necesaria. Es a un tiempo más digno y más eficaz tener una idea real de la muerte y encontrar en uno mismo el medio de no sufrir pensando en todo lo que la vida nos ha aportado. Para mí, el mejor medio de sobrevivir es estar presente en la memoria de quienes nos han amado, de las personas que hemos conocido en nuestra vida, sobre todo si hemos podido aportarles alguna ayuda, alguna experiencia, y transmitirles ideas o conocimientos.

Todo lo que sabemos nos enseña que vivir es una oportunidad, a menudo a pesar de la enfermedad y la minusvalía. Creyentes, agnósticos o ateos, lo esencial es la vida que elegimos. Esta puede ser plena y gozosa si respetamos a los demás, si somos altruistas, capaces de ayudar, de comprender y de remediar el sufrimiento de los demás. Creo que sobreviviré un tiempo más o menos largo si mi recuerdo, mi impronta, permanece en la mente de algunos. Debemos cultivar siempre la alegría de vivir, apreciar el momento presente, no lamentar el pasado, saber conservar la libertad interior. "He decidido ser feliz porque es bueno para la salud", escribió Voltaire. Todos los datos actuales de la psicología demuestran que el aprendizaje de la serenidad es posible y que esta constituye un elemento que contribuye a la buena salud física y mental. En el torbellino de la vida, reservarse un tiempo para uno mismo, para la reflexión o la meditación, es indispensable.



lunes, 17 de febrero de 2014

Vence la nostalgia por el pasado y disfruta del momento


Los recuerdos forman parte de nuestra historia, pero no deben impedirnos avanzar. Rememorar momentos entrañables puede ser un ejercicio útil e, incluso, reconfortante siempre y cuando ese viaje al ayer sea de ida y vuelta. "No paséis el tiempo soñando con el pasado y con el porvenir -advertía Mahoma-; estad listos para vivir el presente".


¡Que tiempos aquéllos!, decimos mientras nuestra mente se traslada al pasado en un emotivo viaje a través de la máquina del tiempo. Somos, qué duda cabe, los recuerdos que tenemos. "No hay melancolía sin memoria, ni memoria sin melancolía", aseguraba el escritor Marcel Proust. De lo que se trata, por lo tanto, es de conseguir que esas mieles del pasado que volvemos a saborear con ciertas dosis de nostalgia, lejos de empañar el presente, nos arranquen una sonrisa, despierten un sentimiento de satisfacción en nuestro interior o nos inunden de una energía poderosa.


MIRAR ATRÁS CON UNA NUEVA PERSPECTIVA

Ese cálido y melancólico "¿te acuerdas de...?" al degustar un plato de la infancia, escuchar una canción especial, etc. puede proporcionarnos nuevos momentos de felicidad, demostrando que la nostalgia no tiene nada de malo, siempre que no nos impida seguir nuestro camino

  • Desde la aceptación. "Es posible que vivas apegado a los recuerdos, a lo que fuiste y ya no eres, a lo que había y ya no está. Pero, al estar atrapado en esos recuerdos, no se puede gozar del ahora", advierte la escritora y terapeuta Miriam Subirana. Para vivir en armonía, hay que aceptar lo que fuimos y lo que somos sin añoranzas excesivas ni lamentos.
  • Desde la gratitud. Trata de rememorar el pasado con agradecimiento. Evocar momentos felices nos ha de hacer sentir, por encima de todo, personas afortunadas. Si vives esos recuerdos con un sentimiento de pérdida, provocarán el efecto contrario. Intenta, asimismo, contemplar las oportunidades desaprovechadas que, a veces, reaparecen en forma de recuerdos dolorosos como lecciones de vida, una parte más del proceso de aprendizaje.
  • Desde la serenidad. Vale la pena utilizar el ayer como un trampolín que nos impulse hacia delante y no como un refugio en el que escapar del aquí y el ahora. "Sólo con el pasado -aseguraba el escritor Anatole France- se forma el porvenir". Si atraviesas por un momento difícil recuerda lo que el poeta Tagore repetía con certeza: "Yo sé que las nubes duran sólo un momento y que el sol es para todos los días".
  • Desde la esperanza. Recordar la persona que fuimos sólo tiene sentido si apreciamos la parte de aquél que queda, la que nos gustaría recuperar y la que ha evolucionado con los años. "El pasado es un prólogo", decía William Shakespeare. Así que... ¿a qué esperas para empezar a escribir la historia que aún te queda por vivir?

PARA APARCAR EL AYER, ¡INSTÁLATE EN EL PRESENTE!

Quedamos estancados pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor nos impide disfrutar del presente y avanzar en nuestras metas. "Tristeza y melancolía, no las quiero en casa mía", solía repetir Santa Teresa de Jesús.

  • Aquí y ahora. El único tiempo verdadero es el instante que estamos viviendo y la mejor forma de conectarse a él es dejando de hablar del pasado ("por aquel entonces", "ahora hace dos años...", etc) para centrarse en el aquí y el ahora. La magia del presente encierra momentos irrepetibles. "Grabad esto en vuestros corazones: cada día es el mejor del año", decía el escritor Ralph W. Emerson.
  • Ocupa tu tiempo. "Para la abeja laboriosa no hay tiempo de estar triste", aseguraba el poeta y pintor William Blake. Ponte manos a la obra e intenta hacer actividades que te mantengan ocupado/a. ¿Sabías que hacer el amor, hacer ejercicio y conversar son las que más atrapan nuestra atención? Si te cuesta concentrarte en algo, intenta ser de ayuda para los demás. "La tristeza -recordaba Séneca- aunque siempre esté justificada, muchas veces sólo es pereza. Nada necesita menos esfuerzo que estar triste".
  • Planes de futuro. Quien tiene más ilusiones que recuerdos se mantiene siempre joven y vital. No tienes por que guardar el pasado bajo llave, deja que fluya; pero no permitas que centre tu vida. Esfuérzate por tener proyectos de futuro que te hagan ilusión. "Vive como si fueras a morir mañana -decía Mahatma Gandhi-. Aprende como si fueras a vivir siempre".

MEMORIA: PONLA A TRABAJAR A TU FAVOR

Aparte de ser muy seleciva, la memoria se deja llevar por las emociones y tiende a sacar a flote aquellos recuerdos que refuerzan nuestro estado de ánimo. Por eso, cuando nos sentimos contentos, es más fácil que se activen recuerdos de momentos felices y viceversa.

  • Llévala a tu terreno. Conocer esta peculiaridad ayuda a evitar que la memoria nos juegue malas pasadas. Si un día te sientes desanimado/a, en lugar de dejarte llevar por recuerdos tristes, haz un esfuerzo por revivir momentos felices o situaciones cómicas, que te hagan recuperar la ilusión y la sonrisa. Aunque, tras una discusión con alguien, vengan a tu cabeza otros momentos difíciles de vuestra relación, esto no quiere decir que no haya habido buenos. Valóralo todo en su conjunto.